Discriminación y capitalismo

Foto: Steve McCurry

 

 

 

Por: Jorge Aguilar

Durante los últimos años los diferentes movimientos de Derechos Humanos han afianzado su discurso en nuestro país, entre ellos esas expresiones que luchan contra la discriminación, evidencia de ello es la institucionalización de una búsqueda de sociedades más equitativas a través de organismos nacionales y locales que se dedican exclusivamente a este tema.

Sin embargo, en medio de discursos relativistas, los argumentos que se utilizan para combatir la discriminación han decididamente caído en una mutilada estrategia que presenta al problema desde un planteamiento incompleto y conservador.

Se habla, por supuesto, de que nadie debe ser discriminado por razones de sexo, religión, orientación sexual, raza, etnia, etc. Se habla de ello todo el tiempo en las instituciones, en los medios y el mismo primer artículo constitucional lo respalda. Aún con eso, la lucha contra la discriminación se encamina a dejar de ser eso: una lucha. Nos la han canjeado por un código de conducta políticamente correcto más cercano a una perspectiva liberal reformadora que un embate revolucionario y transformador dirigido a la real mejora de las realidades y a la equidad y respeto de todos y todas sin importar nuestras identidades, expresiones o características.

El punto es que se deja de cuestionar la causa radical de esas instituciones y conductas que promueven y FUNCIONAN en base a la discriminación para únicamente promover acciones que pueden mitigar pero jamás destruir al problema. Bien se podrían defender muchas acciones de esa búsqueda de la equidad como las intervenciones educativas, se busca que desde los espacios escolares se tenga presente la idea de que todos y todas tenemos las mismas oportunidades, que no se debe de “mirar feo” al niño con sobrepeso, a la niña morena, al joven que en conductas no encaja con la construcción tradicional del “ser masculino” y demás; incluso se puede convencer auténticamente a todos y todas de que somos iguales en derechos y oportunidades cuando en realidad, en la materialidad y en lo palpable no es cierto.

La competencia es la base por la cual nace la discriminación, esa competencia caníbal en la que se basa nuestro sistema económico/social y NO es cuestionado ni por esas instituciones que trabajan el tema de la discriminación ni por muchos movimientos o expresiones que buscan la igualdad. La lucha contra la discriminación debe ir encaminada también a la justicia social, al hecho tangible de que todos y todas tenemos derecho a vivir dignamente, a disfrutar de nuestros recursos naturales, a una vivienda, a ser parte, a ser tomados en cuenta y a decidir sin que el ser hombre, mujer, indígena, de piel negra o vivir con una discapacidad lo impida. Entender la discriminación sin ver su estrecha relación con las condiciones económicas y clases sociales es al final un análisis incompleto y conservador.

La lucha liberal por la no discriminación ha enfocado miles de veces más esfuerzos en que las personas homosexuales urbanas puedan comprar un paquete de bodas y en que las mujeres puedan (también) ser emprendedoras capitalistas explotadoras mientras poco ha buscado la justicia de las mayorías marginadas de todo derecho por ser indígenas, jóvenes, mujeres rurales o cualquier otro motivo que les deje fuera de ese pequeño marco de acción del altruismo políticamente correcto del que la “no-discriminación” institucional y liberal se ha encargado.

Desde muchas otras voces y luchas queremos ir más allá. ¿Qué es lo que en el fondo produce el racismo o machismo?, anticipamos la respuesta: el racismo y el machismo no son más que la justificación a un sistema económico injusto que basa su funcionamiento en la marginación de las mayorías y el enriquecimiento de una minoría. Por supuesto, esa minoría no incluye a las mujeres que históricamente han sido delegadas del poder económico y político, a los y las indígenas cuyos espacios han sido arrebatados, a las juventudes utilizadas permanentemente como mano de obra barata o a otros grupos cuya pobreza material y violación a sus derechos podría ser explicada con una “sociedad que discrimina” aunque nunca se hable de un sistema capitalista que necesita de clases explotadas y sometidas para engranar su maquinaria.

¿Por qué será que no existe una alarmante discriminación a los miles de inmigrantes chinos o norteamericanos y al contrario, se expresa con el mayor repudio contra los centroamericanos? ¿Somos una sociedad racista, no? Entonces ¿Por qué hay centenares de restaurantes de comida china y al mismo tiempo fosas de cadáveres? ¿Por qué a esa sociedad racista no se le ocurre atacar a los turistas japoneses o africanos? En cambio, todos aquellos en situación de abandono, sin hogar, sin trabajo y lo más importante, sin capital ni propiedad, son objeto de la violencia social e institucional permanentemente. ¿Somos racistas o es en realidad una justificación ideológica que le ha funcionado a un sistema que necesita de la esclavitud, marginación, explotación, desigualdad y genocidio?

Más allá de ver decenas de poblaciones en situación de vulnerabilidad a la discriminación, hay una constante: la falta de oportunidades equitativas de desarrollo y bienestar que derivan en la pobreza y explotación. No importa cuántos discursos se viertan, si hay cientos de colectivos o decenas de instituciones encaminadas a hablar sobre discriminación; si no se entiende y critica la realidad material de pobreza que la discriminación creada por el capitalismo ha enraizado en las mayorías jamás lograremos una lucha auténtica ni justa.

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