Crónica del regreso violento del PRI

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Por: Jorge Aguilar

El enorme Zócalo huele a plástico quemado, a botas militares, a humedad, gasolina y sangre. Hace apenas un par de horas los anafres calentaban todavía el café de la mañana, arroz y frijoles negros; ahora esos anafres permanecen encendidos pero tumbados en el suelo, algunas cazuelas derramaron sus guisados elaborados con donaciones de algunos colectivos universitarios y decenas de capitalinos que en la mañana, como quien se avergüenza de no poder hacer más, se acercaban al campamento y entregaban pequeñas bolsas plásticas de supermercado con azúcar, café, medios kilos de verdura y platos plásticos.

Esa gigantesca plaza ahora parece desierta, allá a lo lejos sólo la pisan policías federales, personal de limpieza y funcionarios que “supervisan” los resultados del operativo que a media tarde desalojó a las pocas personas que ahí permanecían. Huele a miedo, a ese terror sistemático que históricamente ha sido la principal herramienta del Estado para controlar a las poblaciones y someter a los grupos que se levantan para reivindicar sus luchas sociales, gremiales o personales.

LA MEDIA TARDE

Como varias noches antes, el campamento de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación no duerme. Ese viernes trece de septiembre los y las maestras se ven más cansadas que nunca, la constante amenaza de un “ataque sorpresa” como ellos le llamaban atemoriza a la mayoría.

Sin embargo, al amanecer las pequeñas rutinas en el Zócalo comenzaron como hasta ese entonces: desayuno, asambleas, talleres y minúsculos grupos de maestros con rasgos indígenas que explican “la razón de su movimiento” a quien se atreve a acercarse al campamento.

Dan las doce de la tarde cuando los primeros síntomas serios de lo que se venía aparececen, un par de enormes helicópteros comienzan a dar vueltas a la plaza, su recorrido comenzó a ser cada vez más bajo, tan bajo que algunos mecates reventaron sin poder resistir el fuerte viento que desde las alturas intimida a quien ahí permanece. Aun así, muchos son quienes lanzan gritos y mentadas a los helicópteros Black Hawk que normalmente son usados en operaciones contra instalaciones de grupos narcotraficantes.

Como no hay plazo que no se cumpla, muchos maestros, activistas y curiosos que esa mañana acompañan el campamento saben que ese es el momento inevitable, el momento repetidamente anunciado y alentado por los medios. Con el ritmo de quien busca aparentar calma, muchas lonas y tiendas de campaña son desmontadas, comienza un pequeño éxodo hacia la Plaza de la República, espacio donde se ubica el Monumento a la Revolución.

Los primeros grupos en salir son los acompañados por personas mayores, algunos de ellos, con bastón en mano, cargan a su espalda las cobijas que hasta la noche anterior les habían protegido de las tormentas y frío nocturno en el Zócalo.

Permanecen en la plaza un par de cientos, uno de los grupos decide luego de una asamblea que “permanecerán hasta el último momento en el campamento”. Apenas dicho esto se corre la noticia de que numerosos grupos de policías armados con equipo de antimotines comienzan a bloquear las calles de la zona de Santo Domingo. Desde ese momento hasta varias semanas después, esas calles permanecen bloqueadas por operativos que impiden totalmente su tránsito.

Hay cientos de granaderos en 5 de mayo y Pino Suárez, también se bloquea la calle de Moneda. A diferencia de lo que por muchos días se repitió en noticieros, hasta ese momento no se había bloqueado el tránsito por ninguna calle del Centro Histórico; ahora, autobuses de la Policía Federal y algunas tanquetas impiden a civiles y manifestantes pasar por ahí.

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LA ESPERA

La Plaza de la Constitución humea, montones de cartones y hules arden en diferentes puntos de la explanada, humo espeso y negro sube desde las fogatas en un intento más bien simbólico para bloquear la visión de los helicópteros militares que vigilan y buscan intimidar a los grupos que permanecen en el lugar: hay maestros y maestras de la Coordinadora, activistas, periodistas independientes y algunos ciudadanos que ante la alarma generada en internet de una posible represión han decidido sumarse.

A estas alturas de la tarde, aproximadamente la una y media, ha sucedido una supuesta negociación con autoridades locales y federales cuyo único resultado es una completa sentencia: tanquetas, federales y granaderos locales barrerán el Zócalo a las cuatro, esté quien esté.

Mientras unos maestros siguen tomando sus pocas pertenencias y desmontando sus casas de campaña, otros, enfurecidos por la absoluta amenaza y acoso de ya cerca de tres mil elementos policiacos, montan barricadas en algunos de los principales accesos a la Plaza. Vallas metálicas y palos bloquean someramente algunas calles, su defensa es probablemente más simbólica que estratégica, pues en ese momento sólo se espera que termine el plazo anunciado por las autoridades para que comience el repliegue.

Mientras el tiempo transcurre, centenas de policías se han colocado en las ventanas y techos de diferentes edificios de la zona, se les alcanza a distinguir incluso en las torres de la Catedral. Toman fotografías y miran a lo lejos el escenario que saben pronto será testigo un espectáculo violento.

El Zócalo está vacío, los edificios del Gobierno del Distrito Federal son desalojados, también centenas de comercios en toda la periferia. Algunos locatarios además de bajar cortinas deciden colocar tablones frente sus fachadas. Los maestros han dejado la plaza, ahora se concentran en Madero y también en 16 de Septiembre, se sabe que otro numeroso grupo policiaco viene avanzando por desde Av. Juárez así que se refuerzan las barricadas en el área.

Quienes se quejaban del supuesto bloqueo de calles y del “secuestro de la ciudad” ahora enmudece y nada menciona sobre ese Centro Histórico sitiado, quienes permanecen dentro del operativo no pueden salir del par de colonias, tampoco quienes están fuera pueden entrar. Se exige un desalojo por altavoces del lado de la policía pero no se permite el paso de nadie por ninguna calle. Se exige la liberación (lo que sea que ellos entiendan con esa palabra) de una plaza pública que ya se encuentra vacía. Incluso, por ese megáfono se llega a escuchar que se “deje de aterrorizar a la ciudad”, lo dice, por supuesto, una persona con el rostro cubierto y tolete en el cinturón que va acompañado por tanquetas de agua a presión y decenas de elementos con escopetas de gases lacrimógenos.

Mientras las personas encapsuladas en el Centro Histórico se preparan para un inminente y desproporcionado operativo, unas dos mil personas se reúnen en Eje Central para impedir el avance de un enorme contingente de granaderos que vienen avanzando a un lado de la Alameda. Entre los civiles que les bloquean el paso, se encuentra un grupo de trabajadores que han dejado su trabajo en el Palacio de Bellas Artes a un costado para tomar pancartas y bloquear el Eje a manera de protesta contra un escenario represivo cada vez más cercano.

Hace tiempo que no se observa un escenario similar en la ciudad, frente a la Torre Latinoamericana han llegado montones de personas, se respira un ánimo diferente, no es una manifestación rutinaria, convocada y programada con anticipación, más bien se trata de una preocupación auténtica y espontanea de ciudadanos que han dejado justo en ese momento su rutina para sumarse al reclamo y exigencia de que no se utilice la fuerza policiaca de manera desproporcional. No son activistas ni estudiantes acostumbrados a la movilización política, son personas comunes, normalmente alejadas de ese tipo de escenarios cuya indignación les ha motivado a salir de su casa o trabajo para manifestar presencialmente su respaldo.

A pesar de todo, minutos después los grupos policiacos echaron a un lado a los manifestantes, dando por terminada la tarea de enmarcar por completo todo el Centro Histórico, ni una salida o entrada. Dan las cuatro de la tarde y desde todas las direcciones se ven diferentes helicópteros, unos de las autoridades judiciales, otros de medios. Los dos Black Hawk de nuevo parecen aterrizar en el Zócalo pero no lo hacen. Con las cámaras apuntando desde las alturas y los cañones de agua apuntando a la plaza comienza la “limpieza”.

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DESALOJO

Diez minutos, bastan sólo diez minutos para que los maestros disidentes y quienes les acompañaban sean sacados de las calles del Centro Histórico. El barrido de la zona es alertado por varios petardos que asustan a todo mundo. Desde la Calle de Pino Suárez y la zona de Santo Domingo surgen las manchas oscuras de uniformes y escudos que cubren al Zócalo, en realidad ya nadie permanecía ahí, así que los policías federales tienen la libertad de posar para las cámaras de medios oficiales y también sus celulares. Algunos incluso suben a los montones de ropa y lonas con poses de dominio y victoria, ese es su triunfo, desplegarse por una explanada vacía y comenzar a saquear las pocas cosas que ahí quedaron.

Hay policías que cargan bajo el hombro carpetas con documentos “recuperados” en lo que queda del campamento, hay quienes van directo a un par de alcancías cerca del Ayuntamiento que cuelgan de un poste metálico y contienen las monedas que los transeúntes donaban en como muestra de apoyo.

Mientras las poses victoriosas y los flashes se disparan en la Plaza de la Constitución, un enorme grupo de federales van literalmente empujando a los maestros por 16 de Septiembre  hacia el Eje Central, ahí está la mayor agrupación de manifestantes. La ubicación de otras personas, sobre todo jóvenes, es evidenciada con nubes de lacrimógeno que empiezan a saturar algunas calles, la gran mayoría es perseguida sistemáticamente para guiarla hasta Bellas Artes. Quien es menos afortunado cae en manos de una turba de escudos y patadas.

Mauro Rojas fotografía en la calle de Madero el avance policiaco, está separado del grupo y es empujado cuando de manera desprevenida apunta su lente hacia las azoteas llenas de policías. Es golpeado por ocho elementos, algunas personas al ver la escena se aproximan corriendo y reclaman a los policías, estos responden armando una pared de uniformes que oculta la golpiza. Desde la ventana de un negocio alguien filma el ataque, hay patadas y embestidas con los escudos de policarbonato transparente. Mauro, de 20 años, será uno de los más de 130 detenidos esa tarde.

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A la misma hora las tanquetas de agua sorprenden al grupo de maestros que van avanzando por 20 de Noviembre, los federales les hacen correr hasta Izazaga y los granaderos del Distrito Federal vuelven a encapsular la calle. Lo mismo ocurre en 16 de Septiembre, sólo que en lugar de agua les arrojan lacrimógeno para hacerlos avanzar hasta el Eje Central, allí son recibidos por las centenas de personas congregadas espontáneamente, una cadena humana que atraviesa esa calle busca facilitar su atropellado avance hasta la Alameda. Sin embargo, la estrategia es interrumpida, pues en pleno Eje ocurre un breve pero importante enfrentamiento: comienzan a volar piedras y palos desde el lado de los manifestantes hacia los federales que han llegado a esa altura, estos últimos con tubos de metal en las manos trata de repeler a los manifestantes pero se ven rebasados, comienzan las detenciones arbitrarias.

Los policías comienzan a correr de manera desorganizada en todas direcciones, toman a quien pueden, a uno lo arrastran de la camisa hacia un negocio cuya cortina no estaba completamente cerrada, lo comienzan a golpear brutalmente con los toletes sin que nadie pueda hacer nada.

Huele a gasolina, tres cocteles molotov vuelan sobre la gente corriendo y revientan lejos de la policía, estos vuelven a formarse y ahora en bloques comienzan a replegar hacia Reforma. Hay quienes se ocultan en la puerta del  Palacio de Bellas Artes, hay quienes corren hacia el Teatro Hidalgo pero son sorprendidos por otro bloque de federales que corre hacia ellos. Policías y manifestantes espontáneos avanzan a toda prisa sobre las lavandas de la Alameda, quienes llegan a Reforma no dudan en alcanzar a los maestros que desde temprano han llegado al Monumento a la Revolución, quienes por uno u otro motivo se rezagan son alcanzados por los federales e inmediatamente llevados de regreso a Eje Central donde una pared de policías contiene a los detenidos.

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LAS FIESTAS PATRIAS

Monumento de la Revolución, maestros y manifestantes se reagrupan en la Plaza de la República, tras un primer conteo hay más de 210 personas heridas. Con urgencia se atiende a personas descalabaradas, con heridas de caídas, golpes y cortadas en la cara. Hay desabasto de medicamentos, pues gran parte de ellos ahora es “decomisado” por la policía en el Zócalo, mucho otro, donado por ciudadanos, se va directo a los camiones de basura de los trabajadores de limpieza que levantan esa plaza.

Los Ministerios Públicos del DF reciben patrullas y camionetas con personas detenidas. Muchas de las personas alcanzadas por los federales en la tarde son liberadas luego de un rato, cerca de 80 permanecerán esa primer noche en diferentes celdas en toda la ciudad. Contrario a los protocolos, las personas detenidas en el Centro Histórico no son entregadas en el MP más próximo, que sería el Bunker, algunos son llevados a Milpa Alta, otros a Camarones y otros a Iztapalapa, la organización de activistas y familias que buscan la liberación tras las detenciones arbitrarias se desarticula desde antes de comenzar por la distancia entre los diferentes espacios.

Otro grupo de detenidos es llevado a una bodega en la base de operaciones de la Policía Federal en Milpa Alta, permanecen en la noche a oscuras prácticamente secuestrados sin que se les entregue a un MP, mucho menos se les notifican los motivos de su detención o se les brinda contacto con el exterior. Allí dormirán juntas y encerradas 22 personas, incluyendo un menor de edad que fue golpeado durante su detención.

En las redes sociales hay una inmediata condena al desproporcionado uso de la fuerza contra manifestantes y ciudadanos, tras la iniciativa de grupos en la Facultad de Filosofía y Letras, decenas de universidades convocan a asambleas estudiantiles en sus respectivas escuelas para posicionarse sobre los eventos de ese viernes trece y votar un paro universitario de 48 horas.

El sol todavía no se oculta y algunas tímidas cortinas comienzan a abrir en el Centro Histórico, los negocios de la zona abren sus puertas a pesar de que el olor a lacrimógeno y plástico quemado todavía cosquillea en narices y ojos. Las banderitas tricolores en las fachadas de los edificios relucen tan brillantes como la del asta de la catedral, que permanece a la mitad en conmemoración a “Los niños Heroes”. Los locatarios tímidamente asoman las cabezas por las puertas de sus tiendas o restaurantes, hay casi nadie en esas calles, no la habrá por muchos otros días, pues el bloqueo de la policía federal permanecerá con la excusa de la Ceremonia del Grito primero, después por el “Centro de Acopio”.

En las laterales del Zócalo se encienden los adornos colosales con motivos de la Independencia, adornos que conmemoran a las personas que hace más de 200 años cuestionaron el orden político de su país. Focos tricolores iluminan cada fachada de la zona para recordar la independencia y libertad, al mismo tiempo a unas pocas cuadras, una manifestante se queja ante cámaras de que fue agredida sexualmente por los policías.

A pesar de la estridencia de los adornos y tirantes tricolores que se elevan en los edificios, toda la zona huele a miedo, a ese miedo que sistemáticamente ha sido utilizado para amedrentar a las poblaciones, pero también temen otros, temen porque a pesar de todo saben que al otro lado de Reforma, frente a Revolución, de nuevo hay gente reagrupándose, porque allá, primero una lona y luego otra, un nuevo campamento ha comenzado a levantarse.

 

 

 

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3 comentarios en “Crónica del regreso violento del PRI

  1. Difiero bastante en el suceso de los hechos y del contexto en general. Sin embargo me atrapaste. Qué gran crónica -la cual por lo mencionado al principio no considero periodística. Muy buena pluma, muy bien armada, bien redactada: ¡Bravo!

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